En FuerteventuraJuan Fránquiz brilló como pregonero de las fiestas Nuestra Señora de La Antigua 2013 cautivando a sus vecinos



Juan Fránquiz brilló anoche como pregonero de las fiestas en honor a Nuestra Señora de La Antigua. Cautivó a los vecinos, amigos y familiares que acudieron a la plaza del pueblo para escuchar sus vivencias, recuerdos y anécdotas. Derrochó alegría, ingenio y humor y atrajo al público con un relato ameno, sencillo y divertido, incluso en el análisis de algunos episodios de la historia reciente del pueblo.





La vida del pregonero está ligada al Bar Plaza, que regenta desde hace 45 años y que es un punto de encuentro para los vecinos de Antigua y de la isla de Fuerteventura. Justo el mismo año de su nacimiento, en 1948, su padre abrió este emblemático establecimiento que ha marcado su destino, por lo que en su narración no faltaron referencias al negocio. De hecho, su bar fue denominado durante una época como “La Moncloa”, porque Ramoncito Soto,  el que fuera alcalde de Antigua durante muchos años, “firmaba allí algunos documentos y atendía a mucha gente del municipio”, relató.

Señaló que ésta es la primera vez en su vida que acude a las fiestas de Antigua, porque  durante todos estos años siempre ha estado trabajando detrás en el bar, “primero ayudando a mis padres y después, desde que yo lo llevo, con mi familia”. En este sentido, precisó que su padre, ponía “un ventorrillo en la esquina de la plaza para las fiestas, frente a la sacristía, junto a  Soterito, Salvador García y Lalo, donde vendía la carne de conejo y de cochino, papas fritas de un día para otro y cerveza, que la poníamos en el suelo acompañándola con picón y agua fría, porque no había congelador ni hielo. Por eso la gente no se ponía mala”.

“Mi padre tenía un salón al lado del bar, con piso de madera, futbolines a peseta y una barra donde se despachaban golosinas, refrescos, Clipper de fresa, ron con miel y vino dulce de Las Palmas”, detalló anoche en la lectura del pregón sobre lo que vendía en este establecimiento a los vecinos de Antigua.

Infancia y juventud

En sus recuerdos de niñez y juventud se entrecruzan la escuela y el trabajo. “Fui a la escuela con mi hermano Victoriano, a las aulas viejas de la plaza de Antigua y tuve como maestro a Juan Victoriano Cabrera. A los dos hermanos nos llamaban los pianos, porque cuando me pegaban a mí, lloraba Victoriano, y cuando le pegaban a él, lloraba yo”. Destacó su labor en la Cooperativa de Antigua, donde estuvo más de veinte años. Empezó desde muy joven “haciendo seretos de madera para empaquetar tomate”, junto con su primo Vicente Alberto. “Como hacíamos muchos y no teníamos dónde ponerlos, Miguelito, el encargado, se puso de acuerdo con Mary Carmen Montáñez y Lolina González, para romperlos. Me marché y no hice más seretos”, relató.

Precisó que Alonsito lo contrató, por las tardes, para hacer una aljibe, situada cerca de la farmacia. “No se ha llenado nunca de lo grande que es. Yo no he pasado más por allí del pánico que le cogí”, señaló ante las risas del público. En aquellos tiempos “íbamos a comer bocadillos de sardinas y cebollas a la tienda de Listrito, que nos los apuntaba en una libreta que ponía Varios, de lunes a sábado. La gente iba pagando poco a poco lo que debía”, añadió.

Pero en ese periodo de juventud también trabajaba por las tardes cuando regresaba de la escuela o los fines de semana. “Íbamos a la herrería de Maestro Tomás Curbelo, a darle a la fragua para afilar las cuñas y los picos para trabajar la tierra”, comentó, pero también recuerda cómo “Antoñito Melián, Dominguito Moséguez y Juanito Moséguez hablaron con mi padre para que mi hermano y yo guindáramos agua en Pozo Santo y así bebieran las cabras”, en los años 60. A cambio, “recibíamos uno o dos kilos de higos pasados”, una buena recompensa en aquellos tiempos.

Recordó su etapa de monaguillo que vivió junto con Ramón Peña y Pepito ‘el del barbero’. “La caja del difunto la tenían guardada en la sacristía de la iglesia, limpia como el oro. La sacábamos cada vez que moría alguien y la volvíamos a guardar después de haber enterrado al muerto”, detalló.

En su pregón se refirió además a los oficios que ha desempeñado a lo largo de su vida y en distintos lugares, destacando por su trayectoria laboral y humana. Como sucedió con muchos majoreros, tuvo que emigrar a África, dadas las necesidades de la época. Pasó siete años en la playa de El Aaiún con varios amigos del pueblo, donde trabajó descargando barcos de la compañía Transmediterránea (“El Palma” y “El Viera”). Posteriormente, ya en Antigua, ejerció de sepulturero durante 17 años de forma gratuita. “Amortajaba a los difuntos, junto con Carmita Gutiérrez, y le daba sepultura”, dijo.

El pueblo

Teniendo en cuenta la situación económica de aquel momento,  nunca ha entendido cómo se mantenían las nueve tiendas de comestibles que había en el pueblo, “pertenecientes a Justo Peña, Manuel Sánchez, Toribio, Pepito Hernández, Ángel Montesdeoca, Pepito Molina, Petrita Trujillo, Carlos de Vera y Paquito “el de Elenita”, a las que se añadían el bar de Pedro El Palmero y el bar de su padre. “¡Tantas tiendas para la época, si no había nada para comer!”, aseguró.  Lo que sí recuerda muy bien el papel que desempeñaron algunas de estas tiendas. “Carlitos de Vera recogía pañuelos calados a cambio de comida, y Pepito Hernández recogía cochinilla limpia. Antes de pesarla la cernía, porque tenía ciscos”, precisó.

Juan Fránquiz trazó un recorrido por la historia de Antigua, y por extensión de Fuerteventura, de finales de los 50 y de la década de los 60. Ni existían infraestructuras básicas ni supermercados con variedad de productos ni tantos lugares de ocio. En aquellos tiempos no tan lejanos solamente había con un motor de luz, “que llevaba mi tío Luis Hernández y que normalmente se encendía desde las 6 hasta las 12 de la noche. A veces, nos juntábamos varios amigos que nos gustaba el fútbol y le dábamos a Luisito 200 pesetas para que encendiera el motor durante dos horas y poder disfrutar del partido de televisión”, especificó.

La juventud solía acudir al cine viejo de la plaza, “que era de Don Francisco Cabrera Báez, secretario del pueblo, situado al lado del actual Ayuntamiento de Antigua. El bar del cine lo llevaba Soterito, que nos servía el ron con miel y los refrescos, para disfrutar a continuación de la película, de 7 a 9 de la noche, con nuestras parejas y amigos. Fefo se encargaba de cobrar la entrada y colocar la gente en sus asientos”, recalcó.

Desveló que “el único televisor estaba en el Casino de Antigua” y que existía una radio en el bar de su padre, “en donde se oía Radio Pirenaica por la noche, porque estaba prohibido escucharla”. En este caso, señaló que en aquellos años “no podían estar reunidas más de cuatro personas juntas en el pueblo, porque si no las detenían”.
Pregonero de lujo
La alcaldesa de Antigua, Genara Ruiz, que estuvo acompañada en el escenario por la concejala de Festejos, María Isabel Cabrera, fue la encargada de presentar al pregonero. Sus palabras reflejaron el cariño, el aprecio y el respeto del pueblo de Antigua. “Tengo el honor y la satisfacción de presentarles a alguien a quien ustedes conocen muy bien, no sólo por ser vecino ejemplar de este municipio y una figura relevante en Antigua, sino también por ser un trabajador incansable, un hombre sencillo, alegre y servicial. Es un pregonero de lujo para abrir nuestras fiestas patronales”.

Ruiz añadió que, “aunque ha desempeñado varios oficios en distintos lugares, destacando en todos ellos por su calidad trayectoria laboral y humana, su vida está ligada al Bar Plaza y a los alrededores. Al igual que la de todos nosotros, porque junto a él hemos compartido, y lo seguimos haciendo, anécdotas, recuerdos, preocupaciones, confidencias y noticias del acontecer cotidiano”.

Al término del pregón, la alcaldesa del municipio y la concejala de Festejos entregaron a Juan Fránquiz  una placa en la que se agradece su colaboración como pregonero de las fiestas, al tiempo que se resalta “el consejo, la ayuda, el compromiso y la buena disposición para que este pueblo siga creciendo”. La actuación de la Parranda del Norte, con su variado reportorio de  música folclórica, cumbias, merengues, rumbas y rancheras, puso el broche de oro a la noche festiva.