Juan Fránquiz brilló anoche como pregonero de las fiestas en
honor a Nuestra Señora de La Antigua. Cautivó a los vecinos,
amigos y familiares que acudieron a la plaza del pueblo para escuchar
sus vivencias, recuerdos y anécdotas. Derrochó alegría, ingenio y
humor y atrajo al público con un relato ameno, sencillo y divertido,
incluso en el análisis de algunos episodios de la historia reciente
del pueblo.
La vida del pregonero está ligada al Bar Plaza, que regenta
desde hace 45 años y que es un punto de encuentro para los vecinos
de Antigua y de la isla de Fuerteventura. Justo el mismo año de su
nacimiento, en 1948, su padre abrió este emblemático establecimiento
que ha marcado su destino, por lo que en su narración no faltaron referencias
al negocio. De hecho, su bar fue denominado durante una época como
“La Moncloa”, porque Ramoncito Soto, el que fuera alcalde
de Antigua durante muchos años, “firmaba allí algunos documentos
y atendía a mucha gente del municipio”, relató.
Señaló que ésta es la primera vez en su vida que acude a
las fiestas de Antigua, porque durante todos estos años siempre
ha estado trabajando detrás en el bar, “primero ayudando a mis padres
y después, desde que yo lo llevo, con mi familia”. En este sentido,
precisó que su padre, ponía “un ventorrillo en la esquina de la
plaza para las fiestas, frente a la sacristía, junto a Soterito,
Salvador García y Lalo, donde vendía la carne de conejo y de cochino,
papas fritas de un día para otro y cerveza, que la poníamos en el
suelo acompañándola con picón y agua fría, porque no había congelador
ni hielo. Por eso la gente no se ponía mala”.

“Mi padre tenía un salón al lado del bar, con piso de madera,
futbolines a peseta y una barra donde se despachaban golosinas, refrescos,
Clipper de fresa, ron con miel y vino dulce de Las Palmas”, detalló
anoche en la lectura del pregón sobre lo que vendía en este establecimiento
a los vecinos de Antigua.
Infancia y juventud
En sus recuerdos de
niñez y juventud se entrecruzan la escuela y el trabajo. “Fui a la
escuela con mi hermano Victoriano, a las aulas viejas de la plaza de
Antigua y tuve como maestro a Juan Victoriano Cabrera. A los dos hermanos
nos llamaban los
pianos, porque cuando me pegaban a mí, lloraba Victoriano, y
cuando le pegaban a él, lloraba yo”. Destacó su labor en la Cooperativa
de Antigua, donde estuvo más de veinte años. Empezó desde muy joven
“haciendo seretos de madera para empaquetar tomate”, junto con su
primo Vicente Alberto. “Como hacíamos muchos y no teníamos dónde
ponerlos, Miguelito, el encargado, se puso de acuerdo con Mary Carmen
Montáñez y Lolina González, para romperlos. Me marché y no hice
más seretos”, relató.
Precisó que Alonsito
lo contrató, por las tardes, para hacer una aljibe, situada cerca de
la farmacia. “No se ha llenado nunca de lo grande que es. Yo no he
pasado más por allí del pánico que le cogí”, señaló ante las
risas del público. En aquellos tiempos “íbamos a comer bocadillos
de sardinas y cebollas a la tienda de Listrito, que nos los apuntaba en una libreta que ponía Varios, de
lunes a sábado. La gente iba pagando poco a poco lo que debía”,
añadió.
Pero en ese periodo
de juventud también trabajaba por las tardes cuando regresaba de la
escuela o los fines de semana. “Íbamos a la herrería de Maestro
Tomás Curbelo, a darle a la fragua para afilar las cuñas y los picos
para trabajar la tierra”, comentó, pero también recuerda cómo “Antoñito
Melián, Dominguito Moséguez y Juanito Moséguez hablaron con mi padre
para que mi hermano y yo guindáramos agua en Pozo Santo y así bebieran
las cabras”, en los años 60. A cambio, “recibíamos uno o dos kilos
de higos pasados”, una buena recompensa en aquellos tiempos.
Recordó su etapa
de monaguillo que vivió junto con Ramón Peña y Pepito ‘el
del barbero’. “La caja del difunto la tenían guardada en la sacristía
de la iglesia, limpia como el oro. La sacábamos cada vez que moría
alguien y la volvíamos a guardar después de haber enterrado al muerto”,
detalló.
En su pregón se refirió además a los oficios que ha
desempeñado a lo largo de su vida y en distintos lugares, destacando
por su trayectoria laboral y humana. Como sucedió con muchos majoreros,
tuvo que emigrar a África, dadas las necesidades de la época. Pasó
siete años en la playa de El Aaiún con varios amigos del pueblo, donde
trabajó descargando barcos de la compañía Transmediterránea (“El
Palma” y “El Viera”). Posteriormente, ya en Antigua, ejerció
de sepulturero durante 17 años de forma gratuita. “Amortajaba a los
difuntos, junto con Carmita Gutiérrez, y le daba sepultura”, dijo.
El pueblo
Teniendo en cuenta la situación económica de aquel momento,
nunca ha entendido cómo se mantenían las nueve tiendas de comestibles
que había en el pueblo, “pertenecientes a Justo Peña, Manuel Sánchez,
Toribio, Pepito Hernández, Ángel Montesdeoca, Pepito Molina, Petrita
Trujillo, Carlos de Vera y Paquito “el de Elenita”, a las que se
añadían el bar de Pedro El Palmero y el bar de su padre. “¡Tantas
tiendas para la época, si no había nada para comer!”, aseguró.
Lo que sí recuerda muy bien el papel que desempeñaron algunas de estas
tiendas. “Carlitos de Vera recogía pañuelos calados a cambio de
comida, y Pepito Hernández recogía cochinilla limpia. Antes de pesarla
la cernía, porque tenía ciscos”, precisó.
Juan Fránquiz trazó un recorrido por la historia de Antigua,
y por extensión de Fuerteventura, de finales de los 50 y de la década
de los 60. Ni existían infraestructuras básicas ni supermercados con
variedad de productos ni tantos lugares de ocio. En aquellos tiempos
no tan lejanos solamente había con un motor de luz, “que llevaba
mi tío Luis Hernández y que normalmente se encendía desde las 6 hasta
las 12 de la noche. A veces, nos juntábamos varios amigos que nos gustaba
el fútbol y le dábamos a Luisito 200 pesetas para que encendiera el
motor durante dos horas y poder disfrutar del partido de televisión”,
especificó.
La juventud solía acudir
al cine viejo de la plaza, “que era de Don Francisco Cabrera Báez,
secretario del pueblo, situado al lado del actual Ayuntamiento de Antigua.
El bar del cine lo llevaba Soterito, que nos servía el ron con miel
y los refrescos, para disfrutar a continuación de la película, de
7 a 9 de la noche, con nuestras parejas y amigos. Fefo se encargaba
de cobrar la entrada y colocar la gente en sus asientos”, recalcó.
Desveló que “el
único televisor estaba en el Casino de Antigua” y que existía una
radio en el bar de su padre, “en donde se oía Radio Pirenaica por
la noche, porque estaba prohibido escucharla”. En este caso, señaló
que en aquellos años “no podían estar reunidas más de cuatro personas
juntas en el pueblo, porque si no las detenían”.
Pregonero de lujo
La alcaldesa de Antigua, Genara Ruiz, que estuvo acompañada en el
escenario por la concejala de Festejos, María Isabel Cabrera,
fue la encargada de presentar al pregonero. Sus palabras reflejaron
el cariño, el aprecio y el respeto del pueblo de Antigua. “Tengo
el honor y la satisfacción de presentarles a alguien a quien ustedes
conocen muy bien, no sólo por ser vecino ejemplar de este municipio
y una figura relevante en Antigua, sino también por ser un trabajador
incansable, un hombre sencillo, alegre y servicial. Es un pregonero
de lujo para abrir nuestras fiestas patronales”.
Ruiz añadió que,
“aunque ha desempeñado varios oficios en distintos lugares, destacando
en todos ellos por su calidad trayectoria laboral y humana, su vida
está ligada al Bar Plaza y a los alrededores. Al igual que la de todos
nosotros, porque junto a él hemos compartido, y lo seguimos haciendo,
anécdotas, recuerdos, preocupaciones, confidencias y noticias del acontecer
cotidiano”.
Al término del pregón, la alcaldesa del municipio y la concejala
de Festejos entregaron a Juan Fránquiz una placa en la que se
agradece su colaboración como pregonero de las fiestas, al tiempo que
se resalta “el consejo, la ayuda, el compromiso y la buena disposición
para que este pueblo siga creciendo”. La actuación de la Parranda
del Norte, con su variado reportorio de música folclórica, cumbias,
merengues, rumbas y rancheras, puso el broche de oro a la noche festiva.


