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Toros,Toreo y Literatura y 6 : Jorge Semprún, Domingo González Lucas, alias Dominguín, y Hernest Hemingway por Ángel Díaz Arenas

 


Toros,Toreo y Literatura y 6 : Jorge Semprún, Domingo González Lucas, alias Dominguín, y Hernest Hemingway por  Ángel Díaz Arenas

Á 

1.2. Hemingway


había muerto”50 sobre cuyo final trágico y violento pueden leerse las líneas que escribe Héctor Tizón en la página 635 de su «Hemingway, veinte años después (1961-1981)»51:

Ernest, Ernie, Hem, Hemingstein o simplemente Mr. Papá, nació, en efecto, el 21 de junio de 1899 y murió de muerte violenta el 2 de julio de 1961, víctima de su propio mito y en día domingo. Ese día domingo comenzaba a hacer calor en Ketchum, Idaho, y el hombre corpulento, que había sido capaz de «esculpir un estilo para su época en un bastón de nogal», según una módica traducción del hermoso verso de su paisano y contemporáneo Archibald Mac Leisch52, se había levantado muy temprano para seguir con un rito disciplinario nacido en los viejos tiempos de la rue Notre Dame des Champs. Mary, su mujer, dice que la noche anterior le oyó canturrear una tonadilla italiana en otro tiempo muy divertida: Tutti mi chiamano bionda53; todavía en pijama fue al anaquel de las armas, escogió una escopeta de dos cañones y apoyánsela en la frente de un atronador disparó se voló la cabeza.





Este escritor, novelista y Premio Nobel de Literatura de 1954,

 

que ya está presente oralmente en la página 192 de El desvanecimiento54 -1967- (obsérvense las comillas «...»): «-¡Nuestra guerra! –dice Hemingway¡-. Los españoles siempre dicen «nuestra guerra». Los rojos, los blancos, los sin color: nuestra guerra. Como si fuese lo único que tienen en común, que pueden compartir». Reiterándose, glosándose y autotextualizándose semánticamente este párrafo en la página 14 de Adiós, luz de veranos... (1998):

«Shit!, murmuró Hemingway. «Todos ustedes dicen lo mismo, rojos y nacionales: ¡nuestra guerra! Como si fuera el único bien, el más preciado al menos, que comparten... El pan de cada día, en definitiva... Les hermana a ustedes la muerte, la antigua muerte de la guerra civil...»

Reiterando nueva y autotextualmente estas palabras Jorge Semprún en las páginas 13-14 de Veinte años (2003): «-<Nuestra guerra> -murmuraba-. Todos decís lo mismo. Como si fuese lo único, lo más importante al menos, que podéis compartir. El pan vuestro de cada día. La muerte, eso es lo que os une, la antigua muerte de la guerra civil». Tengamos en cuenta que la primera presencia de este párrafo en la página 192 de El desvanecimiento (1967) es uno de tantos que componen un libro; sólo su reiteración textual (exacta) o bien por extensión semántica (significado) en la página 14 de un segundo libro más tardío, Adiós,…, de 1998 (segunda presencia y primera reiteración) le acuerda el estatuto de intertexto, pasando a convertirse en ese segundo libro, Adiós, luz de veranos..., en un autotexto. Pero esta última clasificación textual cambia de estatuto, otorgando al párrafo de Adiós,... el valor de autotexto de 1° grado, debido a que este mismo párrafo vuelve a reiterarse (tercera presencia y segunda reiteración) en el salto de la páginas 13-14 de un libro todavía más tardío (2003), Veinte años y un día, adquiriendo en éste último la categoría de autotexto de 2° grado. Así que podemos resumir diciendo que el párrafo de El desvanecimiento es un intertexto, el de Adiós,... un autotexto de 1° grado y el de Veinte años uno de 2° grado. Pero lo más importante de estas presencias y reiteraciones es que ellas denuncian y presentan una «familia selecta amiga» que recorre toda su obra. Veamos el caso preciso de Hemingway que aparece en 1967 en El desvanecimiento y todavía sigue viviendo en el recuerdo, aunque ya muy muerto, en su último libro de 2003: Veinte años y un día.


Sabemos que Ernest Miller Hemingway (Oak Park, Illinois, 21 de julio de 1899-Ketchum, Idaho, 2 de julio de 1961) fue un escritor y periodista estadounidense, y uno de los principales novelistas y cuentistas del siglo xx. Su estilo sobrio y minimalista tuvo una gran influencia sobre la ficción de su siglo, mientras que su vida de aventuras y su imagen pública influenció generaciones posteriores. 


Escribió la mayor parte de su obra entre mediados de 1920 y mediados de 1950. 


Ganó el Premio Pulitzer en 1953 por El viejo y el mar y al año siguiente el Premio Nobel de Literatura por su obra completa. 


Publicó siete (7) novelas, seis (6) recopilaciones de cuentos y dos (2) ensayos. Póstumamente se publicaron tres (3) novelas, cuatro (4) libros de cuentos y tres (3) ensayos. Muchos de estos son considerados clásicos de la literatura de Estados Unidos. 


Sintió mucha simpatía por la República Española durante la Guerra Civil (1936-1939) e incluso escribió algunos libros sobre España y el tema de este episodio bélico: Fiesta (1926), Muerte en la tarde (1932), La quinta columna (1938), Por quién doblan las campanas (1940); e incluso redactó un texto muy preciso tratando el tema de un episodio de guerra, La quinta columna, escrita en 1938 y estrenada en Nueva York en 1940, siendo la única obra de teatro de Ernest Hemingway que está ambientada en un hotel del Madrid asediado durante la guerra civil española y describe los encontrados sentimientos de un combatiente norteamericano que colabora con los servicios de contraespionaje de la República; completan el volumen cuatro relatos que se desarrollan también durante el conflicto español: 1) La denuncia, 2) La mariposa y el tanque, 3) La noche anterior a la batalla y 4) Bajo la colina.


 En todos ellos impera la violencia, el amor y la muerte, temas recurrentes en su obra, que aparecen exacerbados por la excepcional brutalidad del trasfondo55, sin embargo, su obra máxima sigue siendo El viejo y el mar56 (1952). 


Para completar en algo la presencia de los toros en la obra de dicho Premio Nobel conviene leerse el artículo de Ángel Alcalde que se titula “Los toros en la literatura: Hemingway, El Nobel que universalizó el toreo.


 El impacto que los sanfermines produjeron en Hemingway le llevó a tomar la determinación de volver a Pamplona cada año. Así lo hizo entre 1923 y 1931, para retomar su costumbre en 1953” [en: Cultura en Castilla-La Mancha, (Castilla-La Mancha, 18.04.2020)], escrito que dice: “Los conocimientos taurinos de Ernest Hemingway, siempre fueron muy cuestionados por los puristas de la fiesta. Pero lo cierto es la gran sensibilidad que tenía para captar el espectáculo en toda su expresión, le granjeó grandes amistades con los toreros más famosos de su época. 


Vivió su pasión por los toros en toda su dimensión. Hemingway llegó por primera vez a Pamplona en julio de 1923, acompañado de su mujer y de un grupo de amigos. Estos serían para él sus primeros sanfermines de una larga serie, e inspiradores de la novela Fiesta, con un gran trasfondo autobiográfico y que tuvo luego un eco mayor del que el autor podía esperar por entonces. 


Este relato de las circunstancias que rodearon las fiestas pamplonesas de aquel año 1923, con sus encuentros amorosos y anécdotas de toros y juerga, supuso uno de los mayores éxitos y la consagración de un escritor que años más tarde llegaría a recibir el premio Nobel.


 El impacto que los sanfermines produjeron en Hemingway le llevó a tomar la determinación de volver a Pamplona cada año. Así lo hizo entre 1923 y 1931, para retomar su costumbre en 1953. La última visita tuvo lugar en 1959, y algunas cartas a sus amigos confirman que pensaba volver en el 61. Pero la muerte cambió los planes.


 En los sanfermines fue donde nació su afición. Ya en su primera visita a Pamplona Hemingway quedó profundamente impresionado por los encierros y el toreo. En concreto, en aquel verano del 23 se maravillaría ante el arte de Nicanor Villalta.


En sus siguientes visitas, el escritor conocería y entablaría amistad con varios toreros. En la primera etapa de sus estancias en España serían Cayetano Ordoñez “Niño de la Palma” –cuya influencia resultó decisiva para aproximarse a los aspectos esencial del toreo-- y Cagancho quienes ocupasen los primeros puestos de su particular escalafón. 


Sin embargo, fue en 1953, en su primer viaje a Pamplona tras la guerra civil, cuando Hemingway iniciase la que sería su relación más intensa con un torero: Antonio Ordóñez, hijo de Cayetano. 


Tanto “Muerte en la Tarde” (1932) como “Fiesta”, publicada en 1926, constituyen dos muestras de su gran pasión por la lidia y del arte de torear. 


Y debe reconocerse que sin estas aportaciones, como luego ocurriría con “Verano Sangriento” --tanto en su versión periodística inicial como en la novela posterior--, cuanto encierra y representa el arte del toreo y, de manera más específica los “sanfermines” no habrían adquirido la notoriedad que llegaron a tener en segmentos sociales ajenos por completo a la Fiesta. 


Pero en Ernest Hemingway hay que contemplar también sus relatos que luego recogería en su novela “Verano sangriento”, que tiene como personajes centrales a Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín, durante la temporada de 1959. 


En realidad, esta obra fue inicialmente una serie de reportajes encargados por la revista “Life”, que en España reprodujo el semanario “Gaceta Ilustrada”, hoy desaparecido. En su primera versión no fueron más que tres reportajes, pero como el trabajo del escritor había sido mucho más amplio –en total, 668 páginas mecanografiadas— el texto íntegro no vio la luz hasta 1985, ahora en forma de novela.


 Cumpliendo lo que había sido el encargo inicial que había recibido, Hemingway se centra en la confrontación entre Luis Miguel Dominguín, recién reaparecido en los ruedos, y Antonio Ordóñez, con el que Hemingway mantenía una gran amistad. Puede ser discutible el planteamiento inicial del escritor, que venía a ser una suerte de lucha a muerte entre los dos, con una visión muy peculiar, argumentando novelísticamente que ambos iban a morir en el ruedo en su encarnizada lucha por ver quién de ellos cogía el número uno del escalafón. Por eso, este reportaje novelado se centra en los mano a mano celebrados entre ambos durante aquel verano de 1959... 


Una de las primeras que torearon en competencia Luis Miguel y Ordóñez fue en la corrida del centenario de la plaza de Valencia, el año 1959. Luego lo harían el 14 de agosto en Málaga y el 15 en Bayona. El inmediato 17 compartirían cartel en Ciudad Real y el 21 lo harían en Bilbao. El título de la novela tiene su origen en los percances que ambos protagonistas sufrieron. Ordóñez había recibido una cornada grave en Aranjuez en el mes de mayo y después tendría cogidas en Palma de Mallorca el 31 de julio, Barcelona y en Dax. 


Luis Miguel, tras la de Valencia, las sufriría en Málaga y en Bilbao el 21 de agosto, ante toros de Palha. Ordóñez fue, para Hemingway, el triunfador de aquel “verano sangriento”. La crítica taurina de la época consideró siempre que la obra carecía de los conocimientos taurinos básicos. 


Pero probablemente el autor no trataba de entrar en su mundo –acerca del cual tenía más conocimientos de los que se le reconocen--, sino que era consciente que se dirigía a un público ajeno por completo a la Fiesta y al que, por tanto, debía dirigirse en un tono y un estilo que nada tiene que ver con la literatura taurina al uso. Hay que decir que el escenario español centra también su novela, llevada al cine, Por quién doblan las campanas, escrita durante su estancia en España como corresponsal de guerra en nuestra contienda civil”.



El nombre de este escritor acompañado de expresiones, como «Nuestra guerra» y «Shit» (mierda), encuentran eco en algunas páginas (11, 12, 13, 14, 17, 25, 35, 234, 243, etc.) de Veinte años y un día e incluso se cita uno de sus libros en la 12: «<The dangerous summer>».



 Referenciándose también libros suyos, por ejemplo, en la página 112 de Netchaiev ha vuelto (1987), «El jardín del Edén», añadiendo en esta página el título de «¡otra novela póstuma de Hemingway!»; y el título de ésta más el nombre de su autor se reiteran dos veces más sucesivamente en las páginas 235 y 236 del mismo libro, siendo en la 36 de Adiós, luz de veranos... en la que se habla de «Por quién doblan las campanas», obra que narra tres (3) intensos días vividos por un grupo de republicanos resistentes que se ocultan en la Sierra de Guadarrama. 


A Robert Jordan, un profesor norteamericano que combate en la Guerra Civil española del lado de los republicanos, le encomiendan la misión de detonar con explosivos un puente situado en un punto estratégico. Cuando llega a la zona allí trata con un puñado de guerrilleros de la resistencia liderados por Pablo.


 Del mismo modo conoce a Pilar, la valiente y tosca compañera sentimental de Pablo, y a María, una joven que huye de los horrores de la guerra, de la que Robert se enamora. Las sospechas de que la misión que debe desempeñar puede ser suicida desestabilizan a la banda, sobre todo a Pablo, el jefe de la guerrilla. 


Los sucesos se precipitan en el tiempo y, tras pasar por muchas vicisitudes y perder a muchos compañeros en la batalla, el dinamitero consigue volar el puente. Pero el plan de escape de la zona es arriesgado y sufre un accidente que le impide continuar. El americano piensa en suicidarse, aunque finalmente decide mantenerse con vida para cubrir a sus compañeros... 


El espíritu de un hombre de acción como su autor se manifiesta en las páginas de esta novela. El escritor conoce de primera mano la cara de esta guerra por haber sido testigo de la misma como corresponsal extranjero y el libro transmite a la perfección la intensidad emocional que domina una situación extrema como ésta. 


La guerra es el gran error del ser humano. Cuando atentamos contra la vida de un hombre lo estamos haciendo contra la humanidad entera; por eso no hace falta que te preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti, título que procede de un fragmento extraído de las Devociones de John Donne57 escritas en 1623, consideradas una obra fundamental de la literatura y del pensamiento barroco. 


En concreto pertenece a la Devoción XVII titulada “Con su lento sonido dicen: morirás.” El fragmento dice así: “Ningún hombre es una isla completa en sí mismo; todo hombre es un trozo de continente, una parte del todo: si un terrón fuese arrastrado por el mar -y Europa es el más pequeño-, ocurriría lo mismo que si fuese un promontorio, que si fuese una finca de tus amigos o la tuya propia. 


La muerte de cualquier hombre me empequeñece, pues estoy en la maraña de la humanidad”. Pero en este contexto de “Toros, Toreo y Literatura” no habría que olvidar referenciar Sangre y arena (1908) de Vicente Blasco Ibáñez (Valencia, 29 de enero de 1867-Menton, Francia, 28 de enero de 1928) y Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías (1935) de Federico García Lorca [poeta (1898-1936) y obra sobre la que convendría consultarse nuestro Federico García Lorca vive en su obra: Tres visiones de una vida pretérita, pero de una obra eterna, (Vigo, 2018). Editorial Academia del Hispanismo], siendo así que ahora podemos y debemos continuar hablando de