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Toros, Toreo y Literatura ( 2 ) Jorge Semprún, Domingo González Lucas, alias Dominguín, y Hernest Hemingway por Ángel Díaz Arenas

 


1.1.1. Domingo González Lucas, alias Dominguín
, quien figura, curiosamente, en la segunda parte de la dedicatoria de La segunda muerte de Ramón Mercader23, «por los soles compartidos», siendo así que aparece difuminada la imagen tenue y diluida del que fue un prestigioso matador de toros en España e Hispanoamérica, Domingo González Lucas, más conocido como Dominguín, (Madrid, 10 de junio de 1920-Guayaquil, Ecuador, 13 de octubre de 1975), quien fue hijo del torero Domingo Dominguín (Domingo González Mateos24: Quismondo, 4 de agosto de 1895-Madrid el 21 de agosto de 1958) y hermano de los también matadores de toros Luis Miguel Dominguín (1926-1996) y Pepe Dominguín -José González Lucas- (1922-2003). 
Toreó en pocas ocasiones en España y en 194825 se retiró de los ruedos, dedicándose a la gestión empresarial de espectáculos taurinos en las plazas de Granada, Pontevedra, la madrileña de Tetuán y en la de Vista Alegre de Madrid, propiedad de su familia. 
Después llevó la plaza de Bogotá y, en Ecuador gestionó diversas plazas, como la de Quito (entonces propiedad de su hermano Luis Miguel Dominguín) o la plaza de Guayaquil. 
Sobre la relación amical que unía a Dominguín y Federico Sánchez o bien Juan/ Agustín Larrea (Jorge Semprún), etc. léanse las páginas 324-325 de Autobiografía de Federico Sánchez (1977). 
Como ejemplo ilustrativo sólo citamos un par de frases de la página 325, que representan el final de esta rememoración (sus denunciadores son la ausencia de mayúsculas y en vez de puntuación dos puntos): «(... sólo dirás que la ausencia de Domingo es algo irremediable: algo propiamente impensable: que algún día irás a Guayaquil: a donde está Domingo enterrado y desterrado: a Guayaquil irás antes de que la enredadera de tu muerte paralice tus hombros y tus brazos y agriete tu corazón marcado por su ausencia)». 
Y es alrededor de Domingo Dominguín que gira una parte importante de la acción de Veinte años y un día (incluso parece un narrador intertextual) y a quien el escritor dedica, a su vez y compartidamente -ambos ya muertos-, su Autobiografía (pág. 5): «A Javier Pradera y Domingo González Lucas». Sobre este matador de toros escribe Federico Sánchez (Jorge Semprún) en la página 324 de su Autobiografía de Federico Sánchez: «Y luego, en octubre de aquel año sangriento, me llamó una tarde desde Madrid Javier Pradera. Se había suicidado en Guayaquil Domingo González Lucas Dominguín.» A estas palabras debemos añadir otras de la página 172 de Aquel domingo26 (1980):
Al día siguiente, el teléfono sonó en mi casa a una hora inhabitual. Una voz lejana y cansada, ronca de dolor, me notificó que Domingo «Dominguín» se había disparado un tiro en la cabeza, en Guayaquil. Domingo, mi mejor amigo de la clandestinidad madrileña. Domingo, mi hermano. La puta muerte había triunfado, en aquella ocasión.
Y estas frases y palabras figuran nuevamente en un artículo de prensa rememorativo (véanse los dos puntos denunciadores) del lunes 11 de julio de 1988 (acababa de ser nombrado Ministro de Cultura): «: suena el teléfono: me llama desde Madrid Javier Pradera: se ha suicidado Dominguito: allá en las Américas fabulosas: cómo es posible: Domingo era todo él fuerza vital: la fuerza obstinada de vivir: la fantasía de vivir: ¿cómo puede el vivir darse la muerte?: no es posible Javier: mierda: qué horror: se acabó nuestra juventud Javier: qué coño: hasta la vida: hasta la derrota: hasta la muerte: como siempre Javier: bueno los demás: los camaradas de este estupendo año 1956:...»27 
Estando esta muerte nuevamente presente, pero augurando, personificada y enmascarada «en París, en el otoño de 1975», como aprendemos en la página 254 de Veinte años y un día (2003): «Por casualidad, al sentarse [«Daisy»] miró hacia mí, y yo capté esa mirada: no me cupo la más mínima duda, era la Muerte. Y aquella misma tarde me llamó desde Madrid Javier Pradera, con una voz enronquecida, destrozada, apenas audible: había muerto en Guayaquil Domingo Dominguín, se había pegado un tiro.»
 Lo que quiere decir que la «voz lejana y cansada, ronca de dolor» y «enronquecida destrozada, apenas audible» es la del que fue periodista, amigo y excomunista (como él), Javier Pradera28, y éste le llama desde Madrid tal y como dice el párrafo de la página 324 de Autobiografía: «me llamó una tarde desde Madrid Javier Pradera»; es más, incluso aprendemos la fecha, 1) «Al día siguiente», 2) «aquella misma tarde» o bien «una tarde», y 3) el mes -«en octubre de aquel año sangriento»29-, que corresponden al lunes 13 (fecha del suicidio), y al martes 14 (un día después) de octubre de 1975. 
Siendo a este amigo periodista, Javier Pradera30, a quien dedica -también con compañía- un segundo libro, Federico Sánchez se despide de ustedes: «A Javier Pradera, como siempre, para siempre; a Plácido Arango, por la nueva amistad» (pág. 9). Es evidente que la presencia en esta dedicatoria de un nombre, para el lector común y corriente del libro -«a Plácido Arango, por la nueva amistad»-, le deje bastante perplejo. Pero este nombre tiene su importancia y trascendencia si tenemos en cuenta el amor que Jorge Semprún sintió por los museos y las obras que éstos depositan (recordemos que él fue el iniciador de los trámites para lograr que la «Fundación Colección Thyssen-Bornemisza» permaneciera en España31); 
sobre todo el Museo del Prado y el Reina Sofía. Y ahora consultemos la prensa de una cierta actualidad y leamos el artículo de Ángeles García cuyo título dice: «El Prado comparte ya con el público la colección de Plácido Arango: Nueve de las 25 obras donadas se muestran en las salas del museo hasta el 4 de octubre»32, diciendo las primeras líneas de este artículo: «Solo una semana después de que se hiciera pública la donación de Plácido Arango de 25 obras de su valiosa colección de arte antiguo, el Museo del Prado ha querido compartir con sus visitantes una selección de nueve pinturas y estampas que desde hoy y hasta el 4 de octubre se podrán ver integradas en la propia colección del museo. 
Son cinco telas firmadas por Pedro de Campaña (dos pinturas), Luis Tristán, Francisco de Zurbarán, Herrera el Mozo y cuatro estampas de Los toros de Burdeos33,



 

la última serie realizada por Francisco de Goya». He aquí esta inocente indicación que nos lleva directamente al nombre de Plácido Arango Arias (Tampico, 15 de mayo de 1931-Madrid, 17 de febrero de 2020), empresario -residente en España (cadena de restaurantes VIPs)-, que fue presidente del Patronato del Museo del Prado, de 2007 a 2012, siendo después Patrono de Honor. Fue considerado por Artnews como uno de los mayores 200 coleccionistas del mundo y pare ser que su colección está/ba integrada por unas 300 obras, sobre todo de pintura antigua, 25 de las cuales donó, en junio de 2015, al Museo del Prado, reservándose el derecho al usufructo. 


Su colección incluye piezas de Zurbarán, El Greco, Goya (El Naufragio), así como obras de Ribera, Murillo, Juan de Juanes, Thomas Yepes, Valdés Leal, Nonell, Tápies, entre otras. He aquí la inocencia de la literatura y la crítica que de ésta se ocupa: descubrir mundos y trasfondos y hacer comestibles y digeribles platos exóticos, raros y de origen oscuro. Y leamos ahora lo que cuenta Lola Galán en su «Solo para millonarios»34 sobre el coleccionista y la colección:


 «Empezó comprando pinturas discretas para decorar su casa de recién casado, en México. Luego las fue sustituyendo por verdaderas obras de arte. 

Cuadros cuidadosamente elegidos que buscaba en galerías de arte, esculturas, muebles antiguos, libros raros. 


Poco a poco, la afición fue creciendo, y los óleos llenaron la casa de México y otras dos más en España. 

Y un día se dio cuenta de que pensaba casi más en su colección, en cómo cuidarla y ampliarla, que en sus negocios.


 Hasta el punto de saltar de la cama por la noche y lanzarse al salón a buscar en un lienzo, linterna en mano, la firma del artista descubierta de pronto en el catálogo. 


El empresario Plácido Arango -dueño del Grupo Vips-, coleccionista desde hace cincuenta años, no sabe cuándo se operó ese cambio, pero reconoce cuando reflexiona sobre los síntomas que atesorar obras de arte ya no es para él una mera afición, sino una pasión. 


Una pasión que se alimenta a sí misma y que puede ser obsesiva, cuando el deseo de posesión se desborda. Es un juego también, altamente competitivo, en el que se lucha porque la pieza deseada no caiga en manos de otros. Un juego en el que todos presumen de tener buen ojo, y en el que, para disfrutar, es requisito imprescindible olvidar cuanto antes los errores». 


Más detalles, al menos locales, sobre esta muerte anunciada y contada pueden leerse en la página 35 de un libro completamente ajeno a Jorge Semprún y Domingo Dominguín, cuya autoría y texto le pertenecen al poeta y escritor Juan Luis Panero35 en su Sin rumbo cierto 36:

Años después, en Guayaquil, en el mismo hotel en el que se suicidó Domingo Dominguín37, durante una noche en la que se había estropeado el aire acondicionado...

El resto de la dedicatoria de La segunda muerte, «a Colette»38, no lo recuperamos en Autobiografía de Federico Sánchez ni tampoco en Aquel domingo; ésta podemos leerla en las páginas 101-102 de Federico Sánchez se despide de ustedes:

En 1988, cuando me nombraron ministro, Hemingway había muerto. Domingo también. En el Palace, en el bello salón central de la planta baja, en la rotonda de cúpula multicolor, he pensado en ellos. En aquella vida, en aquellos dos muertos. Domingo se disparó una bala en el corazón en la otra punta del mundo, en Guayaquil. Años más tarde, me encontré con la mujer con la que Domingo compartía su vida en aquel momento.39 Si es que realmente puede compartirse la vida con algo que no sea la muerte.

Sea como sea, aquella mujer que había creído compartir la vida con Domingo, me enseñó la carta que éste le había escrito junto antes de dispararse una bala mortal.

Me tembló el cuerpo al leer esa carta.

Domingo Dominguín citaba una frase que yo había escrito en la primera página de una de mis novelas. Deliberadamente recordaba aquella dedicatoria en que se aludía a la felicidad. Porque vivir, a veces, puede parecerse a ser feliz. No es impensable. Había transcrito la frase que yo escribí en la dedicatoria de La segunda muerte de Ramón Mercader: «Por los soles compartidos». Después se había disparado una bala en el corazón.

Veamos cómo funciona escritura real y ficticia: 1) en la página 172 de Aquel domingo aprendemos que “«Dominguín» se había disparado un tiro en la cabeza”, 2) en las páginas 101-102 de Federico Sánchez se despide de ustedes se escribe que “Domingo se disparó una bala en el corazón en la otra punta del mundo, en Guayaquil”, mientras que 3) en la página 35 de Sin rumbo cierto de Juan Luis Panero aprendemos que “se suicidó Domingo Dominguín, durante una noche en la que se había estropeado el aire acondicionado...”, tema de suicidio sobre el que tal vez la que mejor nos informe es la mujer con la que convivía -su esposa- y para quien escribió una carta de despedida en la que figura